Quiero que si lees esto, tengas esto en cuenta: no soy
clasista.
Ahora si puedes seguir leyendo. Soy mujer.
Por lo que durante la pubertad mi pobre cerebro tuvo que adaptarse radicalmente
a este nuevo envase que de un día a otro de pronto había aparecido sin previo
aviso. Le tomo un buen tiempo adaptarse pero finalmente lo logro. Pero la
pubertad no es el punto de hoy. (quizás debería comenzar colocando el título
siempre al comienzo para obligarme a seguir la idea que comienza a
desarrollarse en mi red neuronal....) El punto de hoy es el la mirada.
Comencemos por la mía. De chica era ruda. Si, me creía mala, bueno no se si
mala, pero era ruda. Me defendía, copiaba e imitaba a mi hermano quien no solo
me enseño a dominar las dos ruedas si no que también me enseño a mostrar el
dedo indebido. Recuerdo un recreo en pre kínder cuando por algo me enoje e hice
uso de lo que había aprendido. Lastima que me vio una profesora y mi castigo
fue tener que esperar una semana por el Casete que uno recibía de premio si se
hablaba alemán (aun lo tengo). Mi mirada fue educada a la defensa. De chica
caminaba al pre kínder, luego al colegio, luego a la casa después de alguna celebración
teatral. Aprendí que si miraba con dureza las personas no se me acercaban y
hasta ahora he resultado ilesa (no creo que sea solo por mi mirada, creo que
hay algo mas grandioso tras eso). Eso en relación a mi mirada - por ahora.
Ahora, las miradas. Pasear a mi perro suele ser algo entretenido. Algo me gusta, que alegra,
relaja, algo cotidiano. Pero de repente en esa calma irrumpe la mirada hablada. En esos momentos mi envoltorio pasa a ser bien común, brotando nuevamente esa mirada infantil que no era nada
inocente.
