Años atrás, cuando aún la curiosidad quería ser
saciada queriendo saber que había pasado con aquellos fantasmas que irrumpían
bajo la noche estrellada intentando tocar ventanas y puertas de madera,
sentaban aquellos sobre sillas acomodadas en círculo, como solía hacerse cuando
algo importante, íntimo, cercano habría de ser revelado. En esa ocasión, en un
pequeño papel, dibujado estaba aquel señor. Barba tenía, de unos tres días.
Notabas que aquel señor no solía usar una barba orgullosa ni nada semejante, más
bien prefería ver su rostro desnudo al espejo. El cabello recordaba levemente a
esos campos en donde el viento no se detiene ante la suavidad del trigo,
dirigiéndolos en direcciones opuestas, quitándoles el abrigo del vecino. Los
ojos tenían sombras de atardecer y las cejas descansaban flojamente en hamacas
sobre los ojos semi-cerrados. Enfrente tenía un espejo y veía toda la imagen
nuevamente. Barba tenía, de unos tres días. Notabas que aquel señor no solía
usar una barba orgullosa ni nada semejante, más bien prefería ver su rostro
desnudo al espejo. El cabello recordaba levemente a esos campos en donde el
viento no se detiene ante la suavidad del trigo, dirigiéndolos en direcciones
opuestas, quitándoles el abrigo del vecino. Los ojos tenían sombras de atardecer
y las cejas descansaban flojamente en hamacas sobre los ojos semi-cerrados. Un
bostezo cansado igual que los ojos y su mirada duplicada en el reflejo del
espejo junto a los cansados ojos y su mirada, media vuelta y veías desaparecer
al Señor entre las líneas y el borde del pequeño papel.
Sentaban aquellos sobre sillas acomodadas en
círculo, como solía hacerse cuando algo importante, íntimo, cercano habría de
ser revelado. Aquellos sentados en el círculo, lejos estaban de tener un espejo
a mano para observar su rostro. Aquellos sentados en el círculo sabían que
estarían cerca de tener un espejo a mano - a diferencia del Señor que había
desaparecido entre las líneas y el borde del papel, se mirarían, devolverían a
los trigos el calor del vecino juntándolos en direcciones semejantes, quitarían
de las hamacas las cejas, borrarían las sombras de atardecer de sus ojos,
quitarían aquella barba faltante de orgullo del cuadro y lucirían aquella
esperada desnudez facial. Se volverían a mirar apreciando el cambio del cuadro
que veían en el espejo sabiendo con certeza que lo reflejado también había
cambiado.