Recuerdo
mi infancia llena de aquel lugar... o ese lugar estaba lleno de mi infancia. Da
igual... veía caminar la tortuga que sorprendentemente ante presenciar la
ternura de la verde lechuga aceleraba su paso sorprendentemente (como ya dije...
era sorprendente).
Patio de día, noche cementerio de mascotas. Si, bastantes mascotas
encontraron su último descanso en algún rincón entre arboles, o que en ese
entonces aún no era tan frondoso. Como aquel cactus que simplemente no dejo de
crecer... alimentado por aquel ronronear silenciado. Los arboles que siempre
fueron alcoba para pájaros, compartiendo nosotros con ellos su fruta deliciosa...
bueno... dejándonos sin almendras hasta hoy... una noche, en la que el insomnio
se había apoderado de mi versión pequeña, me levante en secreto topándome con
mi segunda madre me llevo afuera, a mirar la luna, las estrellas (si.. a veces
se ven esas cosas acá en Santiago!), no recuerdo porque, pero el sillón del living
estaba en el patio, y ahí nos sentamos a comer almendras mientras esperaba
recaer en aquel estado somnoliento en el cual estoy a punto de caer en este
instante. Pero la necesidad de escribir, de relatar, de retener y hacer algo
distinto previene la somnolencia por algunos instantes. Ahí estábamos, en el
patio. Otras veces era lugar de socorro, cuando mi alma frágil quebrantaba fácilmente.
Las hojas, las ramas, retenían mi llanto, guardando mi secreto, mi dolor y manteniéndolo
lejos de las paredes de la casa. Era lugar de lectura, o intento por lo menos…
antes de que los animales se invitaran a recostarse, si no encima uno, encima
del libro, inefectuando también el intento de bronceado. Luego se transformo el
prado verde en una pileta y una jaula bastante grande para catitas, las cuales después
de un tiempo se volvieron algo locas. No renovamos mucho la familia por lo
tanto la renovación genética.... bueno... no hubo. Hoy en día la pileta vuelve
a respirar, después de haber dormido 100 años bajo el encanto del papiro, que,
en vez de plantarlo y dejarlo crecer en agua, lo plantamos en tierra. Fatal
idea. Su invasión incluso cruzo fronteras al rosedal. La jaula hoy en día es un
lugar ideal para las plantas que trepan buscando la altura y compitiendo por
acercarse al cielo interminable. Pero hace un poco más de un año el jardín recibió
a sus nuevos integrantes. Poco antes de pascua, lo cual hace la historia aun más
tierna de lo que ya es. Conejos. Si. Conejos. No liebres. Conejito de cola
blanca. Primero vislumbramos uno, que al escuchar el portón se escondió rápidamente
queriendo mantener su secreto. Pero su cola blanca lo delato. Luego, la
familiar creció (no tanto como uno podría pensar... son… bueno... ¡Conejos!).
Uno grande, uno mediano, cuatro pequeños. Realmente adorables. Lo más lindo de
todo es que son libres. No hay jaulas que los retengan. Vienen, van. Corren,
vuelven. Perdón, saltan. No corren. Son como pequeños resortes que al avanzar
sus delanteras, las traseras no tienen opción más que saltar y reunirse con su
delantera. ¿Y mi perro? Pf... Él observa. A las tórtolas que disfrutan el
estado algo silvestre del pasto, observa los conejos, al gato, cierra un ojo,
mastica su madera, duerme. Espera, aún hay un integrante más, el cual se
incorporo hace algunas semanas. Primero ramas aparecieron, luego, mas ramas.
Una imagen por Whats App delatando al nuevo arrendatario, que mejor que al lado
de la cocina asegurándose la alimentación. Claro, la casa parecía deshabitada.
Y bueno. Aparecieron más ramas. Pero en verdad no parecían ramas. Si uno miraba
dentro, era, perdón es, simplemente perfecto. Dan ganas de recostarse y dormir
la siesta. Pero bueno. Después de ver tres pequeños huevos verdes en tan linda
cuna, nacieron, ¡¡Oh terror!!, tres pichones,, desnudos llegaron a la tierra y
lo único lindo que tienen es ver crecer un nuevo ser vivo. ¡Porque de lindos
nada tienen! Unas plumas grises que no tapan ni un quinto de su pálida... ¿piel?
¿Tienen piel?? No sé. Pero su llamar, su cogote alargado, pico abierto
esperando que un largo gusano caiga del pico de la madre, es impagable. Todo en
primer plano. Claro que al cocinar la pobre madre huye asustada, saltando de
tejado en tejado, rama en rama, esperando que pueda volver a tapar a sus
chicos. ¡Porque con esas plumas no se mantienen abrigados ni porsiacaso! Así
este jardín que ha sido un oasis por años (olvide mencionar los almuerzos al
aire libre, bajo el encanto de la uva y la sombra de sus hojas, sobre la mesa
que forjaron las manos de mi padre, mi ejemplo y tutor), un oasis no sólo para
nosotros como familia. Para amigos, parientes. Cuántos hemos disfrutado de las
comidas de mi madre en aquella terraza, observando al perro, los pequeños gatos
descubriendo sus destrezas al saltar, correr, atacar. Dentro de ésta gran
ciudad llena de ruido, y si, en una esquina ruidosa, los arboles retuvieron
bocinazos como retenían mi llanto, dándonos un lugar de unión, paz, calma,
oasis.
Photography by ©Rahel Gysel
