Cuando al abrir los ojos escuchas el cantar del búho, conoces la
ternura de su mirar, sabrás que el camino espera con tiernas piedras
humedecidas por el dulzor de la noche, a que tus pies caminen por el.
Al estrechar tu mano para
recoger aquel fruto colorido, intentando no tropezar con las pequeñas manchas
que intentan morder tu pisar, el dulce olor de la hierba florecida veras entre
las rosas.
La suave brisa acariciando tus
mejillas acaloradas al sol, traen a ti la memoria del atardecer enrojecido,
nubes despertando tu imaginación que no quieren dejarte seguir tu camino
intentando retenerte con su gracia.
Con fuerza se lanza contra ti, empujándote
a sentir las piedras al caer, el agua envolviéndote, caminas, sin escuchar, en
círculos pisando granos que cubren la tierra.
Ves saltar un blanco manchado
detrás de verdes cortinas, entre murras perdiéndose, sigues tu camino para
cerrar la puerta, asegurando lo que no hay dentro.
Tierno el verde sabor se despliega
encontrando su recorrido por montes blancos y soles brillantes al caer el sol
bajo su manto, evitando caer en la perdición de la blanca neblina.
Aquel pétalo firme en su pequeñez, se distingue
de los demás queriendo llamar la atención entre miles por su perfección la cual
se pierde en lo oscuro conservando su color.
La caricia detrás de lluvias
que caen enlentecidas por el calor, la ausencia de las olas que invita a nadar,
perdiéndote en la inmensidad de un camino aun por recorrer.
Para buscar encenderás el
brillo de aquellas palabras anheladas, escritas a mano no las encontraras, otro
camino han de tomar alcanzando tu voz, resonando en tu oír.
Tus ojos cierras, el búho
cantara para ti, comprenderás que un hermoso día se desprende en el horizonte
abriendo paso a mil luceros en la nocturna carpa, el canto único es a tus oídos.
