Me
encanta Santiago. Me gusta cuando sales a las calles y te encuentras con esa
soledad que solo una gran capital te puede dar. Solo aquí puedes encontrar esa
luz gris que anuncia un día lleno de sorpresas, lleno de ansias de llover,
lleno de viento cálido, lleno de hojas que crujen al pasar. No hay nada como
levantarse antes de salir el sol para pasear por las calles con un perro lleno
de energía que inicialmente intenta dominar el andar pero luego se entrega al
guiar del amo. No existe sensación aquella como la de mirar las montañas y ver
suavemente su silueta, cada vez mas clara y nítida cuando en un momento ya no
vez nada por la fuerza con la que irrumpe el sol sobre la ciudad colorida cegándote
por un instante. Me encanta cuando al caminar te desean un buenos días con una
sonrisa en el rostro sigues caminando debajo de la carpa roja, amarillenta y en
algunas partes incluso invertida en el suelo. Solo acá encuentras la espera
interminable de la tierra sedienta que se regocija ante el sonido de la lluvia
de pequeñas gotas que evaporan antes de redimir la tierra. Aquí encuentras el
silencio matutino que anhelas entre el ajetreo semanal. Aquí encuentras la
carcajada del zorzal enamorado. Aquí encuentras flores en el cemento. Es un lugar que amo en días festivos.