Me
niego a escribir mis vivencias, miedos, pensamientos, temores y todos los
sustantivos que pudiesen entonar aquí, colocando la última frase como un
desaliento a morir. Me niego a terminar mis cuentos tristes colocando melodías
sentimentales cargadas de romanticismo. No la imagen de romanticismo que surgió
en tu mente, de rosas, chocolates y viajes "románticos". Romanticismo
como lo inalcanzable, lo que nunca será, el anhelo sufrido de estirar, alargar
para finalmente no alcanzar lo anhelado. Ese sentido del romanticismo, ese
sentido que inspiraba a artistas a pintarse de espaldas al espectador, para que
juntos, impresionados, contemplen la naturaleza retratada, la cual nunca podrá
ser dominada, siempre será mas grande mas fuerte. Ese sentido. Me niego a que
las últimas palabras quiten el aliento al lector, dejando la amargura en un
cuerpo crispado de desolación. Me niego a entregar una historia triste,
melancólica, cambiante, sola, insegura, amarga, quebrada, incomprensible,
abandonada, azotada, encarceladora, ahogadora, atrapante, penosa, asesinada. Me
niego. No podrá el final agotador atufar un desaliento a morir, mirar
seductoramente, cantar dulcemente. No podrá envolverte atrapándote en su
movimiento movedizo de tierra. No podrá.