Estaba exhausta. Llevaba esperando horas para que el sol anunciara el comienzo de un nuevo día. La frustración, el cansancio, el hambre y la suciedad agotaban aun más los ánimos. Algo que una buena siesta en tres asientos no lograba cambiar. Los anuncios invariables, la misma voz repetía las palabras dedicada a los transeúntes. Cada hora se escuchaba como giraban las letras y números para actualizar los horarios. Las piernas cansadas de recorrer los pasillos, las caras ya visualizadas. Los ojos agotados de mirar las manos vacías buscando que sostener. No quedaba gente, ya habían subido a sus trenes, ya nos habíamos despedido deseándonos un buen viaje, una buena estadía, una linda navidad. Quedaba poco y estábamos atrasados. Yo aun esperaba que el reloj indicara el tiempo para llamar. No quedaba espacio, saque la billetera compre mi ticket, un Brötchen y esperé nuevamente. Al lado mío un chef italiano conversándome, intentando explicarme cual era el propósito de su viaje. El tren ingreso al Gleiss y, sin maleta, subí los escalones, me senté y logré respirar. Aun no anunciaba mi llegada... aquella chica con las trenzas extrañas conversaba por celular, estaba de cumpleaños y su teléfono sonaba indicando un nuevo mensajero. Le pedí si me prestaba el teléfono, para mandar un mensaje. Me miro extrañada accediendo tras una breve explicación. Al parecer el mensaje no fue suficiente y llamó devuelta. Anuncié mi llegada, a través del celular de la cumpleañera con las trenzas extrañas que parecían de otra época, sacados de un libro infantil, de los Alpes lejanos que incluso a mí me parecía exagerado. Después de 6 horas y 100€ más pobre, el tren ingreso a aquel Haubptbahnhof por el que he pasado tantas veces. Había llegado, mi destino de hace dos días. Después de tormentas de nieve, noches en un Hotel con turistas, esperas en el aeropuerto, había llegado. Comí Stollen, subí a mi pieza y dormí. 24 horas. Dormí. Tan solo desperté por aquella voz que entró diciendo "Es navidad, te perderás tus regalos". Aun no era navidad, pero lograron sacarme de entre las sábanas. Era hora de levantarse y disfrutar de los días previos. Había llegado, pero mi maleta estaba en algún container.
La amarga sensación de la desesperación, del cansancio, agotamiento y emoción por lo vivido aun estaba en la piel. Grandes días estaban por venir. Más viajes, traslados con contratiempos.
Esa es la emoción de viajar. Podría contar historias de viajes a solas, historias de viajes de a dos, historias de encuentros fortuitos. Como quisiera recordarlas todas, retratarlas en fotos y memorizar el orden. Pero esa es la emoción de viajar. No lo puedes inmortalizar.
Esa es la emoción de viajar. No sabes que vendrá. Esa es la vida. No sabes que vendrá. Esa es la emoción. No sabes que vendrá. Esa es la tormenta. No sabes que vendrá. Esa es la calma, lo que viene no depende de mí.